Sepia

Buscaba el lado de su dormitorio donde la luz resultase amable para trazar la línea. Recordó la sentencia de Gavarni: ni un solo día sin una línea. Había recibido la caja de colores, las acuarelas, esa tarde trabajaba el pincel y esfumino, apenas aplicaba color. Se le hacía insoportable la idea de que su compañero de cuarto se marcharía pronto, llevándose consigo los aguafuertes y bocetos pegados a la pared. Los sauces, los olmos, las cabañas, los obreros, las campesinas doblando su lomo como gatos petrificados sobre la maleza que recién había logrado dominar en su trazo taciturno. Y por su cabeza volaba como pájaro reincidente la idea shakesperiana de vencer lo que se resiste, esta vez sus trazos al carbón de aquel árbol que no se dejaba dibujar como si tuviese la voluntad viva de no existir en un plano bidimensional. Se abría un abismo entre la naturaleza y el movimiento de la mano. Había una metafísica inherente a la búsuqeda de esa luz. Una resistencia al pulso de la muerte. Era la única forma que había entendido su ida hasta entonces. Trazando meridianos de lo vivo a lo muerto, del árbol al papel. Entonces la búsqueda de luz precisa era lo que le quedaba. Ya las paredes del cuarto vacío hablaban de la ausencia de su amigo, el viaje en tren hacia el norte, la convicción de mantra que le repetiría el poeta: la duda lleva a la forma. Acaso surgía del trazo en el papel un epitafio precoz a la antesala del ocaso.

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Moaré

Atravesar la distancia en el viento con el candil encendido le recordaba al lente de Tarkovsky, su poesía detenida. Un esbozo de lo que sentía al atravesar la escasa geometría del recuerdo. El movimiento de la imagen donde los objetos narran su relato callado, la silueta de las manos que una vez los sostuvieron para luego crear momentos de neblina en su remembranza inútil y cotidiana. Lo literario tiene sus fauces marcadas en lo imposible. Una vez entendido ese corolario comenzarían los pasos lentos con la cera caliente, blanca y derretida por entre los dedos, dejando un sendero que luego se transformaría como una estrella envejecida. Era la sensación del momento aquel cuando se quemaría el film de la película y en la pantalla grande se fue deshaciendo la imagen de afuera hacia el centro, lentamente, dejando un islote calcinado al borde del sinsentido. El furor de una ira estúpida que le costó a Tanaka su cabeza servida en un festín japonés. Uno recurre a la secuencia, los recuerdos atraen significantes, símbolos, mementos, fotografías. Pero es el movimiento lo más que nos acerca a la sensación de vida. Somos ruletas rusas de sucesos baladíes, hasta que la suerte nos precisa un detenimiento. Una ilusión de belleza. Él entendía esto. Acaso su insomnio le hacía pensar demás. Cuando estuvo perdido al pie del Monte Eber, aquellas montañas heladas le recordarían que su muerte le alcanzaría, no habría una manera alterna de sobrevivir. Por eso, mientras se helaban sus extremdades su mente cogió velocidad. Recordó cuando las manos rompieron la taquilla del cine justo en la antesala de aquel filme derretido. Había vivido justo para recordar aquello en la vitrina de su propia muerte. Se preguntaba si no estaría confundiendo escenas, en una trasposición incesante de nombres, rostros, líneas, música. Hacía frío y la esclera de sus ojos se vertía sobre la piedra helada abriendo cauce a la implosión absoluta de todas las certezas.

Fantasmas al óleo

Asumió la postura de su sombra. El bastón que le ayudaba a incorporarse era un pedazo de madera, un largo pedazo de madera de aquel cuadro que le había regalado su madre. Souvenir de un pintor haitiano cuando viajó en crucero. Estaba en una esquina de la casa, junto a otros objetos escondidos tras de él. Entre los anaranjados, amarillos, azules y verdes brillantes se representaban siluetas como sombras que emergían en fuga de pequeñas ventanas oscuras pintadas sobre la arena, al borde de una orilla de mar sólido en aparente quietud.

Se le hacía difícil moverse. Reptar no era una opción. Había perdido el brazo derecho en Corea y sólo le quedaba un brazo para apoyarse y desplazarse como insecto moribundo entre la sala y la cocina. La madera alargada de uno de los bordes del cuadro era su sostén. Imposible caminar sin aquel bastón improvisado.

Estaba solo. Ni árbol, ni hijo y mucho menos libro; ni la madre que en aquella ocasión había llegado toda sonreída, con un objeto grande, rectangular como una ventana, envuelto en papel de estraza con su nombre en grafito y haciendo lucirlo entre sus brazos en movimientos torpes, pasando dificultad.

– Lo vi y me recordó a ti. Tiene ese enigma que te vi en los ojos tan pronto los abriste al mundo.

Rasgó el papel. Con el mismo ánimo que un niño de siete años rompe el envoltorio de su regalo añorado. Cumplía venticuatro. Con un par de años ingresado a la universidad. Pero ya con el peso insoportable de ser llamado al conflicto bélico en tierras  acaso desconocidas. Con la ansiedad de tener que irse a un lugar ignoto donde las palabras todas serían distintas, los aromas irreconocibles, la memoria no era otro lugar posible. Con todo esto habitando vertiginosamente su pensar, rasgó el papel y soltó una carcajada de asombro.

– Jamás me lo imaginé así.

Ese jamás era un lugar breve. Transitado entre el espacio de los ruidos que hacían los tacos blancos de su madre al entrar por la puerta del diminuto apartamento y el momento en que sus ojos se adentraron en las oscuras ventanas pintadas sobre la arena brillante del mar que ocupaba ese espacio. Cómo era posible sostener el peso de un enigma tan voluminoso entre sus manos. Siluetas emergían como fantasmas de óleo que salen espantados de la arena. Pero estos no eran fantasmas de lo translúcido, eran siluetas de color oscuro, sólidas  sombras de obsidiana. Y así lo recordaba. El momento que recibió el cuadro de las manos de su madre. Una madre como ninguna. La que en sus más hondas fragilidades estuvo ahí para evitar el hambre, el cansancio y la preocupación. Él sabía que ese instinto estaba en muchas. Aunque sabía que las había canallas. Guardadas solas para satisfacer su espejo, sus torpes ideas de sí. Por eso cuando las mismas manos que le entregaban aquel cuadro ya estaban temblorosas sin atino, con un cuerpo desmedidamente frágil, él se arrastró como pudo. Como un pájaro herido al asomo de aquellas ventanas alargadas dispuestas sobre la arena. No eran siluetas a la manera de pinceladas de Remedios Varo. Eran otro modo del espectro, los aromas de gardenia que su cabello adornaban en su memoria de niño. Los pasos torpes a la esquina poblada de objetos que una vez sus manos pequeñas llevaron al tacto y a su tierna manera de no sentirse solo. Una flauta dulce, un trompo, un arlequín de tristeza y un cuadro cobertor del pasado. Un paisaje de colores que abrigaba, bajo una estela de polvo, el tiempo recorrido y una muerte irremediablemente solitaria.

Acacias

Aquí se respira muerte como un sorbo efervescente de coca cola. Las acacias cuelgan sus ramas como tendidos eléctricos abandonados a la suerte de los pájaros. Es el anticipo del verano y todo se vuelve ruido y polvo al pisar frente a la puerta de la entrada cada mañana a ver como se da eso de llevar el pan hasta la mesa. No hay mesa. Aunque en la calle contigua abundan los cristales biselados, las casas de aquellos que tienen demasiado, aunque para ellos esa abundancia es solo la punta del iceberg de sus aspiraciones. Vive el diseñador de los anillos con tubos de metracilato, colección Bulgari de peridotos, esmeraldas y rubíes y mesas en non vacui de tres patas porque la geometría indica que son las perfectas para que no se balanceen los martinis que toman para acaramelar olvidos. Siempre me he preguntado si al otro lado de esas ventanas encendidas alguien piensa en el hambre y la sed. ¿Alguien escuchará los gritos de los niños con la rabia que provoca una nevera vacía o una alacena de la cual algún diseñador interiorista se burlaría por ser demasiado ordinaria? Esos que ganan en un día lo que no gana en un año la madre de esos niños vacíos, llenos de hambre, como globos desgraciados. Ellos, los de la calle contigua, con sus luces, parloteando de iluminación, con sus gestos ensayados, porque cuando se tiene demasiado comienzan a molestar las gradaciones de luz y van cuarto por cuarto señalando sombras innecesarias, que deprimen según ellos, van inventando términos, ‘unificación visual’ dicen para enmarcar contextos e inventar espectadores que sublimen su soledad inescapable. Al fin y al cabo mueren las dos calles de la misma manera, con insectos rumiando la memoria sitiada en la cual nuestra màs aguda humanidad se debate entre el paraíso del diseño de marfil o el infierno del cuerpo abastecido por la nada.

(Fragmento de novela inédita)

El antigato

Hay criaturas que adolecen de no tener respiraciones acordeónicas que componen una gimnopedia. Se les ve balanceándose en aleros de casas interpuestas como dóminos que aceleran en cascada. Son la sombra de una estirpe milenaria que algún día fue enterrada por error en la tumba de un faraón pertinaz. En las paredes había símbolos con pedazos de carbón hallados una vez que se secó el río que atraviesa el desierto de Múkanah. Es cierto que esos fantasmas atraviesan el sistema de soles que circundan una galaxia contigua. Pero esa memoria felina no existe más allá del concepto de lo posible. Y esa no existencia es una ebullición de cristales que rasgan la idea de que todo aquello que supura un nombre es la sustancia de un delirio. Cómo saber si esos pasos descalzos sobre la arena caliente llevarán a alguna parte que no sea la ruina colgante sobre un precipicio como un cable que conecta al infinito. Es el puente angosto y movedizo que se eleva sobre el valle entre Hida y Etchū. Katsushika pintó unos pájaros pequeños, lejanías en quietud, como salpicaduras de una cascada invertida que sobrevuelan el Fuji. Esos abismos que habitan nuestra memoria cuando más profundo creemos estar dormidos. Los puentes que son cuerdas y sogas y todo lo precario por lo cual atravesamos horas de pensamiento, duda, risa, hambre, música y sed. Hay un lugar en el mundo:  el silencio ocupa el hueco de los instrumentos. Las cuerdas como serpientes dormidas sólo están allí para delinear una sombra que simule un objeto y todos sabemos que el objeto remite a un nombre y ese nombre es un puente de espejo que se quiebra cuando el último pájaro alza el vuelo sobre la maleza insondable. Eran cuerpos caídos, mochilas perdidas, zapatos dispersos, huesos jamás enterrados, un jardín marino de colores expuestos allá abajo, al fondo del reflejo sobre el horizonte de la selva de la cual nunca se regresa vivo.

El consternado

“It’s a mythical zoo of constellated monsters” – Corso

El vacío, la sustancia que llena cada segundo en el reloj de otro universo:  ¿Cuáles novedosas sombras sucumben a los soles? Decapitan las copas de los árboles enviando relámpagos de fuego adentro de la tierra. Hay asuntos que se fraguan a altas horas de la noche. Las conversaciones se llenan de vacíos o silencios. Es la locura del consternado. Dreams are with us no more. Ni la reverberación del tiempo.

¿Qué déspotas del alma intervienen para calcinar la estatua de su sueño? ¿Qué se eleva infinitamente y desparrama un charco de cementerios y sombras que se escurren por debajo de las puertas a las tres de la mañana? Se apaga una vela y todo parece humo de ausencias deslizándose por debajo de las sábanas.

Los nombres se apropian de las cosas. Las envuelven con su saña. Es falso el rumor de que una sombra desgarre la corteza de un árbol podrido de insectos. Yo, que sólo pasaba por aquí,  grité algo, una palabra, un suspiro y me azotó un ventarrón de látigos desde allá. Y eso es un nombre: la apología del silencio, esa que hace estallar cuartos vacíos. Dedos de plata haciendo un enroque y abriendo la cerradura de un mueble olvidado para maldecir luego.

Fauces

La noche en que nos presentaron a Ray y a Kate no imaginábamos la historia de la cual huían, acaso escapaban de su propia invención. Había algo raro en la cabeza de ella, un borde notorio entre su cabellera rojiza y su frente. De seguro una peluca, tan pronto socializó nos habló del cáncer que sufría y todos los tratamientos habidos y por haber que le resultaban costosísimos y a los que estaba sometida. Ray y Kate utilizaban los espejuelos esos que se oscurecen cuando les da el sol. Éramos siete en el glow room, con ellos completaríamos nueve para manejar los carritos de la mercancía: espadas luminosas en colores, fibras ópticas simulando fuegos artificiales con el rostro de mickey, minnie, el pato donald, pluto y collares y pulseras neón. Todos los días salíamos a las siete o cuando comenzaba a anochecer (lo que pasara primero) luego de preparar y contar la mercancía, ponernos el apron, ataviarnos con los objetos luminosos, preparar el carrito y salir. Kate y Ray eran pareja. Así lo dejaron saber tan pronto se presentaron esa noche. Sus brazos se alargaban como tentáculos el uno sobre el otro, sobre la ropa blanca que había que vestir. Si eras glower el uniforme era blanco, como un tipo de enfermero alegre, esa criatura inexistente.

Esa noche me había tocado montar la carroza con Ray. Le decíamos carroza porque era en forma de la carroza típica que se utiliza para sustituir calabazas en una noche de janga profunda y princesas limpiapisos. Estábamos en disney, en epcot precisamente. Era febrero y se sentía un frío agudizado por el lago artificial que hay allí. Éramos Ray y yo empujando el carrito para buscar nuestra ubicación en el parque. Esta vez nos había tocado cerca del pabellón de Canadá. Pero antes, a Ray se le antojó ir al baño. Lo esperé afuera en un lugar apartado, bastante oscuro a no ser por el farol de luz amarillenta bajo el cual detuve el carrito para matar el tiempo arreglando la mercancía. Alineándola analmente. Cuando Ray por fin salió, noté que tenía una cicatriz profunda, como un alacrán que bordeaba su rostro, justo donde termina la quijada cubierta la mayoría del tiempo por su cabello rubio ondulado.

Él notó que mis ojos se fijaron en su cicatriz. Al notar que él se percató intenté disimular y bajé la cabeza, comenté acerca del frío, me quité los guantes, soplé mis manos, las froté, volví a ponerme los guantes. -Esto fue un puma- me dijo. Y a mi silencio añadió: ‘un día iba yo caminando por el bosque y pisé en falso una alfombra de hojas secas, hice un escándalo ya que el bosque estaba bastante silencioso y caí en un hoyo. Me desesperé bastante rápido, ya andaba perdido desde el mediodía y tenía hambre y sed. Comencé a gritar con todas mis fuerzas para pedir ayuda y se acercó un puma y con sus garras me arrancó la cara’, claro, que él dijo: he tore my face off, porque me hablaba en inglés.’ Me explicó todo el proceso de la cirugía, de cómo escogió la nueva piel para su rostro minuciosamente.

Aquella historia me parecía terrible, pero lo más terrible era que me parecía inverosímil -¿Cómo había salido vivo de esa si él mismo indica que estaba débil y estaba en un gran agujero? -‘Evidentemente estaba solo, cansado, con hambre y poca probabilidad de sobrevivir.’ No dije nada. Él comenzó a colocarse los guantes con movimientos que parecían gestos quirúrgicos sobre un cuerpo frágil. Permanecí en silencio. Esa noche vendimos toda la mercancía. Al regresar vimos una serpiente blanca y amarilla reptar ante nosotros, nos cruzó por al frente en una de las veredas del parque.

Al otro día nos enteramos que Ray y Kate habían desaparecido llevándose el contenido de la caja registradora y dejando una peluca rojiza sobre las teclas de los números.